Los
encargados de la sanidad llaman constantes vitales a un conjunto de datos relativos
al funcionamiento del organismo
(temperatura, respiración, pulso, tensión arterial…) que han de
mantenerse en uno determinados valores
para asegurar la normalidad del estado del paciente. Es paradójico que las
constantes no son tan constantes. No tenemos permanentemente la misma
temperatura, ni el mismo pulso cardiaco porque son tantos los factores que
alteran el orden necesario para vivir dentro los márgenes que lo que se
considera la salud. Sin
embargo, resulta curioso que el cuerpo ante las múltiples, continuas e
inagotables variantes externas que lo desestabilizan trate en todo momento de
buscar los límites de lo normal, de lo saludable, busque como un incansable
Sísifo el equilibrio.17 agosto 2013
Las inconstantes constantes
“Las
constantes son inconstantes” (José Antonio López Trigo)
Los
encargados de la sanidad llaman constantes vitales a un conjunto de datos relativos
al funcionamiento del organismo
(temperatura, respiración, pulso, tensión arterial…) que han de
mantenerse en uno determinados valores
para asegurar la normalidad del estado del paciente. Es paradójico que las
constantes no son tan constantes. No tenemos permanentemente la misma
temperatura, ni el mismo pulso cardiaco porque son tantos los factores que
alteran el orden necesario para vivir dentro los márgenes que lo que se
considera la salud. Sin
embargo, resulta curioso que el cuerpo ante las múltiples, continuas e
inagotables variantes externas que lo desestabilizan trate en todo momento de
buscar los límites de lo normal, de lo saludable, busque como un incansable
Sísifo el equilibrio.
Los
encargados de la sanidad llaman constantes vitales a un conjunto de datos relativos
al funcionamiento del organismo
(temperatura, respiración, pulso, tensión arterial…) que han de
mantenerse en uno determinados valores
para asegurar la normalidad del estado del paciente. Es paradójico que las
constantes no son tan constantes. No tenemos permanentemente la misma
temperatura, ni el mismo pulso cardiaco porque son tantos los factores que
alteran el orden necesario para vivir dentro los márgenes que lo que se
considera la salud. Sin
embargo, resulta curioso que el cuerpo ante las múltiples, continuas e
inagotables variantes externas que lo desestabilizan trate en todo momento de
buscar los límites de lo normal, de lo saludable, busque como un incansable
Sísifo el equilibrio.13 agosto 2013
El equilibrio es antinatural
“El equilibrio es lo más antinatural” (E.Chillida)
Hace
años escuché en una conferencia estas palabras atribuidas a este escultor
donostiarra. Me sorprendió la radicalidad de la frase. Y me refiero a radical
en su acepción primera, como relativo a la raíz. La naturaleza en su esencia,
en su raíz es vida, movimiento, puro desequilibrio. De ahí que el equilibrio
sea antinatural.11 agosto 2013
Por qué una etiqueta llamada EL EQUILIBRIO
Me sobrecogen los movimientos y los ajustes que cada ser realiza en el
universo para encontrar un punto de estabilidad al que llamamos equilibrio. Desde
las células microscópicas hasta las macroestructuras cósmicas realizan cambios
(o los fuerzan a su alrededor) para alcanzar un cierto orden al que llamamos
equilibrio que les permite sobrevivir, mantenerse o perpetuarse.10 agosto 2013
Las tres en punto
– Pase y espere de pie, Sr. Holton.
La puerta se abre. Entro. La puerta se cierra.
La habitación es rectangular. Las paredes blancas despiden tonos azules relajantes que agradezco en este trance. Hay un cristal negro a mi derecha. En el centro el gran trono y, sobre él, la corona. Un reloj fracciona el tiempo en partículas minúsculas audibles. Son las 14:55. El palo del segundero se mueve como una noria lenta y se acerca a la hora del desenlace.
– Siéntese y espere.
Me siento. Espero. El aire es incomprensiblemente fresco.
La puerta se abre. Entra un hombre. La puerta se cierra. Tiene gafas negras. No logro verle los ojos. Conecta los electrodos y, delicadamente, sujeta mis muñecas y mis tobillos con unas cintas de cuero. Aprieta despacio hasta que hago una mueca. Rocía sobre mi cabeza un líquido denso y transparente. El aire se ha impregnado todo de alcohol. Desciende la corona y la ajusta al perímetro de mi cráneo. Se retira. Me observa. Todo está bien.
La puerta se abre. Sale. La puerta se cierra. Son las 14:58.
Decae la iluminación. Los tonos son de atardecer. El tiempo se desvanece, la escasa luz convierte el espacio en un escenario irreal. Decido cerrar los ojos. Apenas tengo un minuto de vida. No sé rezar. Tengo miedo. De repente, millones de fotografías antiguas empiezan a girar a la velocidad de la luz. Estoy en un vórtice imparable. Inesperadamente, todo para. Desde el fondo del caos emerge mi hija sonriente cuando tenía 18 meses. Decido quedarme aquí frente a ella para siempre.
De golpe el aire se hace denso. Soy arrojado al presente. No sé cuánto tiempo ha pasado. Me siento confundido, como salido de un mal sueño. Parece que un elefante late en mi corazón. No quiero abrir los ojos. Empiezo a contar instintivamente. Necesito saber que es real esto que vivo. Sobrepaso el cien cuando se enciende una luz insultantemente blanca. Me duelen las muñecas y los hierros se me clavan en la cabeza. Abro como en un largo parto los ojos. El reloj se ha parado, sigue marcando las 14:58.
La puerta se abre. Entra el hombre con una banqueta. Se sube. Da cuerda al reloj. Lo ajusta con el de su muñeca. Ahora son la tres en punto.
El hombre sale. La puerta se cierra.
El aire es nuevamente tóxico como el de una mina.
02 agosto 2013
Otro San Fermín
Desde hace años que vengo sintiendo sentimientos opuestos
respecto a los encierros de San Fermín. Mi origen me ha predestinado a ser de
ese colectivo que medio dormido se planta delante de la televisión antes de las
8 en punto, desde el 7 al 14 de julio. Con un padre taurófilo desde hace más de
70 años y una madre que el día en que nací ya me puso el pañuelo rojo de la
sangre navarra, no tenía escapatoria.
Es curioso que desde la atalaya privilegiada de la proximidad
al medio siglo contemplo cómo brotan espontáneamente fotogramas sanferminescos
que me trasladan a años y escenarios diversos. Los desordenados
recuerdos de ese yo, siempre cambiante y a la vez paradójicamente
estable, me hacen sintetizar la experiencia en cinco palabras: tradición,
espectáculo, morbo, negocio y barbarie.
El primer vocablo que irrumpe en el horizonte de mi reflexión
es tradición. La tradición es la pervivencia de fragmentos de la cultura de
otros tiempos. Aunque la cultura es una criatura siempre recién nacida, sin
embargo, es de condición mestiza porque su padre, el impetuoso presente,
deposita cada día su fresca semilla en el vientre atávico de su madre, que es
el poderoso pasado. Cuando algunos frutos de la cultura pasada, como la
tradición de correr los toros, perviven hasta hoy es porque conforman parte de
la identidad de los pueblos y de su cosmovisión. El toro es el símbolo hispano
más internacional que existe. Cambiar o romper tradiciones tan arraigadas e
identitarias en estos tiempos de globalidad y de nuevos referentes
panculturales puede resultar muy difícil. Una actividad festiva de varios
siglos de historia ha de pesar mucho en la mesa de las decisiones.
El segundo término que asocio con los encierros de San Fermín
es espectáculo. Básicamente, en un espectáculo intervienen espectadores que
presencian las acciones de otros personajes que actúan para ellos. Un
espectáculo es total cuando incorpora un abanico de estímulos sensoriales y,
además, despierta emociones. San Fermín es color, sonido, aroma, sabor… y, por
encima de todo, pasión. Así las cosas, ¿quién podría prescindir de un
espectáculo tan total?
La tercera palabra que descubro, ahondando en lugares menos
confesables para mí, es morbo. Esa inclinación a gustar de lo oscuro, lo cruel,
lo bajo de las personas y de sus acciones. La morbosidad instalada en mí me
hace esperar un encierro en el que pasen cosas: que se alargue, que se rompa la
manada, que algún toro quede suelto, que haya peligro. Luego viene el sentido
común y pone orden entre tanto desparrame de bajos instintos y genera culpa por
albergar tales mociones. Los encierros, indudablemente, levantan toneladas de
morbo. Por las calles de Pamplona los establecimientos repiten en un bucle
eterno las imágenes del encierro de la mañana. Y yo no me canso de verlas y
hablo de ellas hasta la saciedad. Y es que el morbo tiene algo de adictivo que
hace necesitar cada vez dosis más altas, en este caso de riesgo, peligro, y
emoción.
Para formular la cuarta palabra ha sido necesario tener una
aproximación a conceptos como mercado, consumo, beneficios o marketing. Los
encierros de San Fermín son, también, un negocio, un grandísimo negocio. En
síntesis son un producto de primerísima calidad (espectáculo total), servido
(retransmitido) con la máxima profesionalidad y dirigido a millones de
potenciales consumidores ávidos de liberar adrenalina. Nadie sabe el alcance
mediático y las repercusiones económicas directas e indirectas, dentro y fuera
de la capital navarra que suponen estas fiestas y su producto estrella. ¿Quién
querría descatalogar por razones éticas un producto tan sólido y estable que
garantica seguridad y liquidez creciente?
La última palabra, y que además me incomoda, es barbarie. He
tardado en dar nombre a lo que quiero expresar porque no me ha sido fácil
encontrar una entrada que se ajuste en su totalidad. Los bárbaros fueron un
pueblo, al que no tuve el gusto de conocer y que, a ojos de los lugareños
peninsulares, debieron hacer tales barbaridades que estos acuñaron un adjetivo
con el que recordarlos. El tiempo presente, en el que estoy escribiendo este
artículo, supongo que es el momento de la historia de mayor desarrollo y
civilización. El pasado está plagado costumbres
desaparecidas calificadas como bárbaras y superadas gracias a la evolución de
las culturas y a la aparición de nuevas sociedades. Vivimos en un estado de
derecho altamente reglamentado por leyes que protegen la vida humana y aseguran
las condiciones que rodean su actividad: decretos, normas buscan la seguridad
física y moral de sus ciudadanos. Paradójicamente no hay ley alguna que pueda
garantizar la vida de ninguno de los dos mil o tres mil corredores que cada día
corren el encierro. El azar, la nobleza de los toros o el capote de San Fermín
salvan la vida de muchas personas que consciente o inconscientemente practican
un juego que para algunos es mortal. Si los encierros fueran parte de la
historia pasada y los viera sin la implicación emocional que ahora tienen para
mí los calificaría de tradición bárbara y trasnochada. Tiempos en los que la hombría se medía por las
arrobas de temeridad necesarios para enfrentarse a las fuerzas titánicas de 6
toros bravos.
Hoy 13 de julio ha sido un encierro dramático al formarse un
montón en el mismo callejón de la plaza. Como espectador he sentido la
vulnerabilidad, la angustia y la asfixia de quienes sepultados no podían salir
aplastados por otros corredores que reflejaban la sorpresa y el pánico de verse
atrapados entre los caídos y los toros que chocaban contra ellos. Hoy es de
esos días en los que creo que habría que poner a un lado de la balanza la
tradición, el espectáculo, el morbo, el negocio y la barbarie y, al otro, la
vida. Simplemente la vida aunque sea más anodina, más sosa, menos espectacular
y apasionante y menos lucrativa.
Hoy 7 de julio a las 6 en
punto de la mañana han salido de los corrales de Santo Domingo los 6 toros de
la ganadería de Mazpule (de Colmenar). Los astados han realizado la carrera por
las calles de Pamplona seguidos por los pastores que se han ido incorporando en
distintos tramos del recorrido de lo que dentro de cien años serán los más famosos
encierros del mundo, los encierros de San Fermín. (Recorte de prensa de un hipotético periódico anterior a 1888.
Año en que dejaron de prohibir la participación de mozo en el encierro).
Viva San Fermín. Gora San Fermín.
28 noviembre 2012
¡Lo que cuesta domesticar a un carnicero!
(Con permiso del Zorro de Saint-Exupéry)
Domesticar es una palabra aplicada generalmente al
género animal para significar el proceso por el cual canes, felinos, roedores,
aves y hasta reptiles son acostumbrados a los hábitos humanos. Y como los
humanos vivimos en hábitats denominados casas, y en latín este vocablo
llamábase domus (domo), el verbo domesticar viene a ser eso de meter en
la casa de uno a esos animalitos que antes dormían donde buenamente podían.
Quiero pensar que la domesticación no se produjo
inmediatamente el día octavo de la Creación. Supongo que la aproximación de
unos (humanos) y otros (animales) fue algo progresivo. Imagino que pasarían de
la amenaza mutua al acercamiento; del roce, al conocimiento de los
comportamientos; y, finalmente, a la
convivencia tolerante.
Los humanos, entiendo, se servirían de los herederos del
Arca de Noe porque les aportarían trabajo, protección y compañía. Y las
llamadas bestias recibirían de los descendientes de Noé comida, cobijo y, a
veces, un trato casi humano. Convivir juntos significaba que los primeros se
habrían de adaptar a los segundos, pero los segundos también a los primeros.
Los horarios son humanos y los olores variados, animales. Aunque al revés
también ocurre. Conozco casos que ilustrarían sobradamente esta inversión de
facetas.
Pero domesticar es mucho más que un perro tenga como
residencia la Calle Ayala, disponga de un carné con foto o que posea nociones
de inglés básico (sit, down…). Domesticar es una actividad casi innata a la
condición humana porque la venimos haciendo desde que salimos del Edén, vereda
dentro, para descubrir y para fundar. Domesticar es atraer las cosas,
aproximarlas hasta introducirlas en el perímetro de mi (domicilio) casa. Yo soy
mi casa y mi casa soy yo. Domesticar es hacer que las realidades que nos rodean
dejen de ser extrañas, ajenas y se vayan acercando y entrando en un contacto
que las llevará a vincularse y a crear lazos. Domesticar es vincular y
vincularse. Domesticamos y, también, somos domesticados. Un trabajo de días,
meses, año, lustros, un empeño de toda una vida... Domesticamos canarios
cantores, bolígrafos ultrafinos, novios despechados, coches con navegador,
hijos indómitos, teléfonos móviles de última generación, suegras muy suegras,
iguanas amazónicas, vecinos antipáticos, y también carniceros.
Hace diez años que me mudé de domicilio. Llevo diez
años domesticando aceras, vecinos, tenderos… y, a la vez, siendo domesticado
por todos ellos, o lo que es lo mismo, tratando de ser aceptado, querido, y
respetado. Llevo muchos minutos invertidos en ser educado, cordial y respetuoso
(que es mi forma de domesticar) para que con la crisis, no le salgan las
cuentas a Antonio, mi carnicero, y cierre el negocio.
Cuando desmantelaron el establecimiento entendí que
algo importante se había acabado de golpe. No tenía fuerza moral para empezar a
domesticar a un nuevo carnicero. ¡Con lo que cuesta domesticar a un carnicero!
Cuando volví de mi letargo estival, lejos de esta
templada Costa del Sol, recibí la sorprendente noticia de que mi cóyuge, en mi
ausencia, había empezado a filtrear con un destazador de carnes joven y
simpático. Ambos llevaban una corta pero intensa relación que nos iba a
facilitar el camino de la domesticación. Hace unos días he entrado en acción y
la cosa está yendo más rápido de lo que pensaba. Será que empezamos a ser
viejos en esto de vivir.
Señoras y señores, les puedo comunicar
que volvemos a tener carnicero.
30 agosto 2012
Amor de fondo
En este momento
de mi vida las tres cosas que hago fuera de mis imperativos cotidianos tienen
como ingrediente principal el paso lento del tiempo. Me gusta hacer pan, me
gusta correr y me gusta escribir.
Esta mañana
mientras en la cama pasaba del sueño a la vigilia y salía de la dimensión
horizontal (la que cunduce las ideas por
escenarios imposibles), y me disponía a incorporarme y entrar en la dimensión
vertical (la que fija mi yo a la lógica
del espacio y del tiempo), justo en esos segundos a los que llamo estado
elucidario (porque alumbra brevemente el oscuro tunel del inconsciente), justo
en esos instantes, se me ha desencadenado una imparable secuencia de imágenes y
palabras. Por un lado los fotogramas de un par de sueños, por otro, los rostros de las personas que ayer conocí
en The loaf in a box *, y por último,
antes de abrir voluntariamente los ojos, tres palabras: amor de fondo.
Mientras iniciaba
en un protocolo lento el movimiento y mis pies se deslizaban por las zonas más
frías de las sábanas, me he saltado los estiramientos de los diferentes
segmentos corporales, y en un aterrizaje raudo y eficaz en el tibio piso de
madera, me he dispuesto a registrar en mi cuaderno esta revelación verbal: amor
de fondo (que, ciertamente, sabe a título de libro, de película, de canción o de
modesta columna como la que estás leyendo).
Cuando establezco
conexiones entre estas tres prácticas que liberadoramente realizo y sintetizo,
en pocas palabras, algo de la esencia de lo que me aportan, descubro: primero la constancia del correr (porque
correr es imprimir una cadencia constante al movimiento); segundo el respeto de
los tiempos de la fermentación del pan (porque hacer pan es hacer y dejar hacer
a cada cual su parte de trabajo); y tercero la creatividad de escribir
(escribir es hacer emerger a la superficie el intenso mundo, sublime o vil, que
bulle dentro en un acto creativo). Constancia, respeto y creatividad, tres
conceptos abstractos, tres sustantivos que recogen también, no podía ser de
otro modo, la sustancia del amor que practico.
Esta mañana
lloviznosa de este casi-udazken (casiotoño) navarro declaro que quiero seguir
usando mis manos, mis pies, mi mente y mi corazón para hacer pan, correr,
escribir y, por su puesto, para amar despacio y llegar lejos, lo que
sencillamente es el amor de fondo.
(*)The loaf in a box fue una experiencia entre el 1
de julio y el 30 de septiembre de 2012 que se desarrolló en San Sebastián consistente
en hacer y vender pan artesano en la calle, además de ser lugar de encuentro de
panaderos y amantes del pan.
23 agosto 2011
Un carril bici bestial
El otro día mientras transitaba en pleno centro de
Málaga por un carril bici se me vino a la cabeza aquella frase que Plotino dejó
dicha en algún lugar que ignoro y que dice así: “la Humanidad se haya a mitad de camino entre los dioses y las bestias”.
Y lo que indujo a esta conexión mental fue la
contemplación del siguiente cuadro. Una joven hembra humana, de piel morena y pelaje
castaño, que circulaba por delante de mí a escasos 25 metros , avistó a otro humano
de unos 65 años plantado inmóvil en el recién estrenado carril rojo de la
Alameda. Era un varón, de escaso pelaje, de escasa visión lejana (por sus
lentes), y, probablemente, con escaso conocimiento de los novedades
circulatorias respecto a los terrenos ganados para la bicicletas.
La joven humana, movida quizá por el riesgo que podía
suponer para ambos la situación; o movida, tal vez, por el malestar ante la
invasión de un espacio propio cuyo logro arrastra una larga historia de años de
protestas, promesas y esperas, hizo sonar su sonoro timbre una, dos, y hasta tres
veces sin encontrar respuesta alguna.
El macho adulto siguió parado, como ajeno a la escena.
Miraba a la bicicleta pero parecía no verla. La joven humana tampoco aminoraba
la velocidad ni parecía tener la intención de desviar su dirección. La colisión
iba a ser inevitable. Cuando el sexagenario humano despertó sus sentidos, vio la
proximidad del peligro, y comprendió que la batería de timbrazos que la enojada
ciclista venía disparando, primero desde la distancia y más adelante a
quemarropa, eran para él y sólo para él. Lejos de admitir que pisaba una tierra sagrada
y prohibida para los bípedos de su especie, elevó enloquecido al cielo su
bastón (convertido ya en garrote) y su voz (convertida ahora en bramido) y
escupió palabras insultantes en un perfecto castellano meridional.
La joven ciclista sorteó al engorilado hombre
invadiendo la calzada con el correspondiente riesgo de ser atropellada por un
vehículo motorizado. Enmudecida por la proliferación de los gritos ajenos y ensordecida
por los timbrazos ahuyentadotes del miedo propios, huyó metiendo el plato
grande en dirección al Paseo del Parque, sin hacer ni el más mínimo intento de
volverla cara.
Los viandantes miraban aquel espectáculo gratuito con
ojos de sorpresa. Alguno hacia aspavientos e increpaba al hombre desde la
distancia, lejos del alcance del palo que aún blandía en alto.
Y un servidor, frenado a escasos metros del lugar de
los hechos, esperaba que el encolerizado hombre moviera pieza para yo continuar
mi trayecto. Y, mientras eso ocurría, recordaba a Plotinio y me preguntaba
cuántos milímetros habrá evolucionado la Humanidad desde que escribiera aquella lapidaria reflexión;
y cuántos puntos nos habrán descontado por el episodio del carril bici de aquella
mañana veraniega.
09 mayo 2010
Ciudadanos 100% ejemplares
La estadística es
la ciencia auxiliar más poderosa que existe: manipulable, contradictoria,
engañosa, y sobre todo inexacta. No lo digo yo, lo dicen aquellos a los que no
les convencen las acrobacias algebraicas que con un puñado de datos recogidos
hace cualquiera que quiera introducir una verdad que aspire a ser universal.
También he leído en otro lugar que la estadística es la ciencia más importante
y bonita que existe. Firmado por un estadístico, por supuesto.
Lo que está claro
es que las cuentas y los números, en general, han de ser simples y los resultados
razonables para cualquiera. Y eso mismo se le debe exigir a esta hija de las
matemáticas. Sin embargo no siempre es
así, aunque los que usan los tantos por cientos para la defensa de sus
intereses la consideran como la herramienta más útil y aplicable en beneficio
de la sociedad (y del suyo propio) .
Utilidad y
aplicabilidad. Dos puntos fuertes que contrarrestan sus dos puntos críticos: la
relatividad interpretativa de los datos estadísticos y la manipulación
tendenciosa de los mismos. Por ello, he tratado de que útiles y aplicables sean
las conclusiones de la siguiente investigación.
Según datos
estadísticos, basados en un estudio que me acabo de inventar, uno de cada tres
ciudadanos devuelve una cartera que se encontró en la calle tal y como la
recogió. Es decir, sin adelgazar su volumen a costa de apropiarse de esos
apreciados rectángulos de papel elaborados en la Fábrica Nacional
de Moneda y Timbre.
En ese mismo
estudio, se cita también que uno de cada tres ciudadanos cuida sus pertenencias
en lugares concurridos. Es decir, que toma las medidas mínimas de seguridad que
le protegen de ese porcentaje pequeño, aunque no por pequeño deja de ser
porcentaje, de peritos en la apropiación de cosas de otros.
Por último, añade
el estudio que uno de cada tres técnicos en la sustracción de bienes ajenos lo
hace sin molestar a los propietarios de los mismos. Es decir, que hacen su trabajo
procurando que nadie se lleve un berrinche extra, al menos mientras operan.
Pero apliquemos la
ciencia estadística para lanzar al mundo un mensaje con modestas pretensiones.
Me dirijo, especialmente, a quienes (como yo en en menos de un mes) han vivido
episodios de hurtos o robos con intimidación, bien como agentes, bien como
sufrientes pacientes, o como impotentes observadores.
Primer mensaje: ¡Por
favor!, que los dos ciudadanos que no devuelven las carteras o que las limpian
antes de entregarlas a la policía, sigan el ejemplo del que no hace como ellos
y piensen en qué estado les gustaría les fuera devuelta la cartera extraviada,
si esta fuera suya.
Segundo mensaje: ¡Por
favor!, que los dos ciudadanos descuidados tomen nota de las medidas básicas de
seguridad que emplea el que no actúa como ellos y miren por sus cosas y las
mantengan a la vista, porque así se ahorrarán muchos malos ratos ocasionados
por ese apego a las cosas terrenales que tenemos los humanos.
Tercer mensaje: ¡Por
favor!, que los dos ciudadanos chorizos sigan los pasos del “chorizo suave” y
trabajen en lo suyo pero poniéndose en el lugar de las víctimas. No haciendo
uso de la violencia y tratándolas con educación y buenos modales.
Los tres
ciudadanos aunque son modélicos, cada uno en lo suyo, no representan un
argumento numérico para convencer a nadie, porque el universo de la muestra (9
personas), tampoco pesa mucho.
Sin embargo si
aplico la verborrea estadística la cosa cambia. Hago un intento propio de un
titular de prensa:
Según un estudio de DATA2 un 33% de la
población encuestada actúa en materia de hurtos y robos siguiendo principio
cívicos éticos basados en el respeto a las personas y a las cosas. El mismo
estudio concluye que estos hombres y mujeres se convierten en ciudadanos
ejemplares para ese otro 66% que descuida los deberes propios de su condición
ciudadana.
Ahora mejor,
¿verdad?, porque hasta yo me lo creo.
11 abril 2010
Nuestro pasado delictivo
Hace unos días tuve un encuentro
inesperado con una persona que me hizo recordar una parte oscura de mi pasado. Cuando
entraba en la veintena pertenecía a una banda dedicada al rapto de figuritas de
belén domésticas. Fueron 5 años muy intensos hasta que la moda de los árboles
de Navidad se impuso en la mayoría de los hogares.
El modus operandi respondía casi siempre
a un mismo patrón criminal: entre las 9 y las 10 de noche cualquier día
navideño solíamos simular una visita amistosa a la casa de un vecino, un amigo,
o un familiar con la coartada perfecta
de felicitarles las Navidades. Hasta ahí no podíamos levantar sospechas porque
éramos personas, por lo demás, totalmente integradas socialmente. Una vez que
nos abrían la puerta, nos hacían pasar al salón, que era el lugar donde se
ubicaba el belén. Yo me encargaba de hacer una visual exprés de la distribución
de las figuras y ya iba seleccionando a
la víctima. Mientras, mis compinches cantaban un repertorio de villancicos perfectamente
ensayados que despertaba en los propietarios sentimientos de paz, amor y fraternidad.
Tal eran los efectos de la música celestial que les incitaba a sacar bandejas
de dulces tradicionales y botellas de licores de colores, que, por supesto,
aceptábamos gustosamente. Era este el momento de actuar. Cuando se retiraban a
la cocina, procedíamos al secuestro. Un ángel, el buey, un pastor, el niño
Jesús, San José… cualquiera podía ser el elegido, que era ocultado en el oscuro bolsillo
de un triste abrigo. Allí permanecería incomunicado hasta que al día siguiente
fuera liberado en cualquier descampado de musgo artificial y serrín, o cerca de
una fogata de papel celofán rojo, o montado en el camello del rey Baltasar.
Pero este no era el único acto que cometíamos.
Avanzada la velada, solíamos terminar borrachos de tantos polvorones,
alfajores, mantecados, bolitas de coco, roscos de vino, cerezas de licor, bombones,
hojaldrinas, turrones, mazapanes y ferreros rocher; y empachados de tanta
ingesta de anís, pacharán, brandy, amaretto, fray angélico, licor de crema
catalana, licor de manzana y licor de los monjes de San Amaro. Cuando la
euforia se instalaba en el aire, poseídos de no sabemos qué fuerzas
desconocidas nos acercábamos con disimulo al nacimiento y provocábamos permutaciones hilarantes. Las más
sonadas fueron el aterrizaje del ángel con la leyenda “gloria in excelsis deo”
en pleno arroyo de aluminio albal donde se bañaba una familia de patos, y la okupación
ilegal del castillo de Herodes por un maleducado caganer.
Al abandonar la casa, nos despedíamos con
diligencia sabiendo que no volveríamos hasta que el tiempo borrara nuestros estragos
de sus memorias.
La señora Carmen Sierra fue una víctima
de aquellos años sin conciencia moral navideña. Ella despertó el un 2 de enero
y contempló incrédula el nacimiento de un pequeño gorrino en el humilde
pesebre. Todos los animales que cupieron dentro de su artístico portal de belén
lo observaban atentos. El niño Jesús no apareció hasta el 7 de enero, cuando
recogiendo lo encontró en el fondo de un pozo, según parece secuestrado por unos
malvados legionarios romanos. San José y María, desconcertados, fueron introducidos minutos antes en la caja
de las figuritas sin saber el paradero de su hijo.
Estoy seguro de que Carmen me perdonó
porque cuando el otro día me vio después de casi 20 años, me recordó y me
sonrió. Y aunque Carmen ya no puede montar Belenes, le amenacé con un guiño, porque
podría volver a su casa por Navidad.
06 abril 2010
Putos lunes

Parece
que las invenciones de algunas palabras que designan conceptos relacionados con
el tiempo se debieron a la observación sistemática del comportamiento de la
Naturaleza. Y oportunidades ha habido para mirar el cielo y sacar conclusiones
de algunos fenómenos naturales que han venido repitiéndose machaconamente desde
aquel hágase la luz. Así, el término día designa
el empeño del sol cada mañana de darse una vueltecita por la Tierra a ver qué
hay de nuevo. La palabra mes se refiere al periodo de tiempo
que dura el juego del escondite de nuestra querida luna. Ahora me veis
ahora no me veis. Por su parte, año, que es el término más
amplio del calendario, se refiere a los 365 días que andamos mudándonos de ropa
ante las veleidades de las Estaciones.
¿Y
en qué pondrían su atención nuestros antiguos para fijar el concepto de semana?
Pues sencillamente en los siete días que median entre dos fases lunares. Por
ejemplo entre la luna llena y la luna menguante, o entre esta y la creciente.
Resulta
curioso que algunas lenguas como el portugués nombran los días de las semana en
orden numérico: Segunda-feira, Terça-feira, Quarta-feira…
Otros idiomas europeos conservan los nombres de los astros móviles del
firmamento (Sol, Luna, Marte,
Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno)... Nuestra
lengua castellana mantuvo alguno de estos planetas celestes pero incorporó
elementos de la tradición judeocristiana. Para estas religiones el Génesis
relata la creación del mundo en seis días y el 7º era de obligado descanso. El
castellano, por tanto, se beneficia del descanso judío (Sabbat =
sábado) y del descanso cristiano (dies dominus = domingo). Así es
como surge un nuevo invento que es el fin de semana.
Lo
qué no está nada claro es quién fue el que inventó los lunes, porque los lunes
son el día que a la mayoría de los compatriotas más les cuesta ponerse los
zapatos y salir zumbando a patear las calles a ganarse el avío para el puchero.
Los lunes cuesta vivirlos porque les toca ir siempre detrás de los holgados
domingos y eso pone las cosas muy cuesta arriba.
Esta
antipatía popular hacia nuestro primer día de la semana es única y exclusiva;
los seis restantes gozan de mayor consideración y mejor predisposición a ser
vividos positivamente como ahora verán. De los sábados y los domingos ya sabemos
que se traducen como descanso y, por lo tanto, se encaraman los dos juntitos en
lo alto del pódium, aunque el domingo se agacha un poco porque desde media
tarde se oscurece con la sombra del lunes. Los viernes no son técnicamente fin
de semana, pero por su proximidad a éste gozan de la misma complacencia. No
hace mucho oía a un conocido canonizar el viernes e incluirlo rápidamente en el
santoral venerándolo como San Viernes. De los jueves nadie habla mal porque son
víspera de los viernes y los viernes, ya se sabe, está o debe estar el pescado
vendido. Los miércoles son buenos porque como van ubicados en la mitad de la
semana marcan la cota más alta, y una vez superada, lo que queda es bajar. El
valor agradable de los martes no es por méritos propios sino por contraste con
su vecino lunes. Los martes caen bien porque no son lunes, sencillamente. Y no
hay más, porque de los lunes ya he hablado y, además, no puedo hacer nada para
salvarlos porque están criminalizados de por vida.
Y
tras acabar este recorrido por las atribuciones valorativas que reciben
popularmente los días de la semana, miro el reloj y compruebo que hace cinco
minutos que ya es martes. Empecé esta verboculación en lunes y concluyo
en martes.
¡Maldito lunes que estuve trabajando hasta
el final! Pero, ¡bendito martes en que ya empiezo a descansar!
05 abril 2010
Las cajas negras

Tengo un amigo que acaba de hacer un curso de visión aural, y es que, como diría el legendario torero Guerrita, “Hay gente pa tó”.
Pues bien, a la
vuelta de las enseñanzas recibidas, compartió conmigo su experiencia. Entre las
fascinantes cosas que me relató, me llamó la atención la repetición de un
elemento en casi todos los ejercicios realizados. Para cada práctica un
voluntario se situaba delante de una pared blanca como objeto de visualización;
mi amigo, curiosamente, era capaz de apreciar nitidamente en cada visionado
unos rectángulos muy densos y oscuros alrededor de la franja iluminada de la
persona. Casi sin dejar que terminara este detalle de su descripción aural,
hice broma de sus palabras y le interrumpí con que yo sabía la identidad de
esos cuadrados tan oscuros. “Ya sé de qué se trata, sin duda son las cajas
negras que tenemos las personas”. Mi amigo me miró entre molesto e incrédulo, y
pasó por alto mi sugerencia interpretativa.
Lo cierto es que
horas más tarde, cuando regresaba a mi casa en el coche, el aural pensamiento
vino a visitarme y, además, a modo de mantra recurrente: “Cajas negras, cajas negras, cajas negras…”. Sin embargo, esa noche no se establecieron
conexiones concluyentes.
Es cierto que
jugué con las dos palabras y recordé distintos tipos de cajas que mantengo en
el archivo fotográfico de la memoria. Cuadradas, rectangulares, con tapa, con
solapa, la mayoría marrones y de cartón; algunas de regalo eran de colores y
una hasta con lunares; finalmente, visiualicé, las más famosas y dulces: las
cajas rojas. Aunque la proyección monográfica de cubos era larga no se me vino
al recuerdo ninguna caja negra. Y es que nunca he visto una caja negra. Lo
único que sabía de ellas es lo que sabe todo el mundo: que son dispositivos que
llevan los aviones y que registran los movimientos y las conversaciones que se
producen en la cabina durante el vuelo. Y, también, que cuando se produce un
accidente es el objeto más buscado porque permite recopilar datos para
reconstruir y comprender los hechos.
Osea, las cajas negras son la memoria de la vida de cada vuelo, y por extensión
la memoria de cada aeronave.
Cuando días más
tarde volví a relacionar las visiones de mi amigo con este nuevo concepto de
las cajas como alma de los aviones, supe que aquella observación, en un
principio ligera, no lo era tanto. La metáfora de las cajas negras es cierta.
En algún lugar de nosotros, invisible o visible para algunos como mi amigo, existe
una caja negra, una memoria que guarda la huellas que en el vuelo de nuestra
vida se van imprimiendo en el cuerpo, en el corazón y en el alma. Las cajas negras no se ven, pero
están ahí. Lo que yo no
puedo afirmar es que sean negras. Porque las de los aviones tampoco lo son.
Ahora que las he visto ya sé que las pintan de naranja para encontrarlas mejor.
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