
Tengo un amigo que acaba de hacer un curso de visión aural, y es que, como diría el legendario torero Guerrita, “Hay gente pa tó”.
Pues bien, a la
vuelta de las enseñanzas recibidas, compartió conmigo su experiencia. Entre las
fascinantes cosas que me relató, me llamó la atención la repetición de un
elemento en casi todos los ejercicios realizados. Para cada práctica un
voluntario se situaba delante de una pared blanca como objeto de visualización;
mi amigo, curiosamente, era capaz de apreciar nitidamente en cada visionado
unos rectángulos muy densos y oscuros alrededor de la franja iluminada de la
persona. Casi sin dejar que terminara este detalle de su descripción aural,
hice broma de sus palabras y le interrumpí con que yo sabía la identidad de
esos cuadrados tan oscuros. “Ya sé de qué se trata, sin duda son las cajas
negras que tenemos las personas”. Mi amigo me miró entre molesto e incrédulo, y
pasó por alto mi sugerencia interpretativa.
Lo cierto es que
horas más tarde, cuando regresaba a mi casa en el coche, el aural pensamiento
vino a visitarme y, además, a modo de mantra recurrente: “Cajas negras, cajas negras, cajas negras…”. Sin embargo, esa noche no se establecieron
conexiones concluyentes.
Es cierto que
jugué con las dos palabras y recordé distintos tipos de cajas que mantengo en
el archivo fotográfico de la memoria. Cuadradas, rectangulares, con tapa, con
solapa, la mayoría marrones y de cartón; algunas de regalo eran de colores y
una hasta con lunares; finalmente, visiualicé, las más famosas y dulces: las
cajas rojas. Aunque la proyección monográfica de cubos era larga no se me vino
al recuerdo ninguna caja negra. Y es que nunca he visto una caja negra. Lo
único que sabía de ellas es lo que sabe todo el mundo: que son dispositivos que
llevan los aviones y que registran los movimientos y las conversaciones que se
producen en la cabina durante el vuelo. Y, también, que cuando se produce un
accidente es el objeto más buscado porque permite recopilar datos para
reconstruir y comprender los hechos.
Osea, las cajas negras son la memoria de la vida de cada vuelo, y por extensión
la memoria de cada aeronave.
Cuando días más
tarde volví a relacionar las visiones de mi amigo con este nuevo concepto de
las cajas como alma de los aviones, supe que aquella observación, en un
principio ligera, no lo era tanto. La metáfora de las cajas negras es cierta.
En algún lugar de nosotros, invisible o visible para algunos como mi amigo, existe
una caja negra, una memoria que guarda la huellas que en el vuelo de nuestra
vida se van imprimiendo en el cuerpo, en el corazón y en el alma. Las cajas negras no se ven, pero
están ahí. Lo que yo no
puedo afirmar es que sean negras. Porque las de los aviones tampoco lo son.
Ahora que las he visto ya sé que las pintan de naranja para encontrarlas mejor.
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