06 abril 2010

Putos lunes


 Parece que las invenciones de algunas palabras que designan conceptos relacionados con el tiempo se debieron a la observación sistemática del comportamiento de la Naturaleza. Y oportunidades ha habido para mirar el cielo y sacar conclusiones de algunos fenómenos naturales que han venido repitiéndose machaconamente desde aquel hágase la luz. Así, el término día designa el empeño del sol cada mañana de darse una vueltecita por la Tierra a ver qué hay de nuevo. La palabra mes se refiere al periodo de tiempo que dura el juego del escondite de nuestra querida luna. Ahora me veis ahora no me veis. Por su parte, año, que es el término más amplio del calendario, se refiere a los 365 días que andamos mudándonos de ropa ante las veleidades de las Estaciones.
¿Y en qué pondrían su atención nuestros antiguos para fijar el concepto de semana?  Pues sencillamente en los siete días que median entre dos fases lunares. Por ejemplo entre la luna llena y la luna menguante, o entre esta y la creciente.
Resulta curioso que algunas lenguas como el portugués nombran los días de las semana en orden numérico: Segunda-feiraTerça-feiraQuarta-feira… Otros idiomas europeos conservan los nombres de los astros móviles del firmamento (Sol, Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno)... Nuestra lengua castellana mantuvo alguno de estos planetas celestes pero incorporó elementos de la tradición judeocristiana. Para estas religiones el Génesis relata la creación del mundo en seis días y el 7º era de obligado descanso. El castellano, por tanto, se beneficia del descanso judío (Sabbat = sábado) y del descanso cristiano (dies dominus = domingo). Así es como surge un nuevo invento que es el fin de semana.
Lo qué no está nada claro es quién fue el que inventó los lunes, porque los lunes son el día que a la mayoría de los compatriotas más les cuesta ponerse los zapatos y salir zumbando a patear las calles a ganarse el avío para el puchero. Los lunes cuesta vivirlos porque les toca ir siempre detrás de los holgados domingos y eso pone las cosas muy cuesta arriba.
Esta antipatía popular hacia nuestro primer día de la semana es única y exclusiva; los seis restantes gozan de mayor consideración y mejor predisposición a ser vividos positivamente como ahora verán. De los sábados y los domingos ya sabemos que se traducen como descanso y, por lo tanto, se encaraman los dos juntitos en lo alto del pódium, aunque el domingo se agacha un poco porque desde media tarde se oscurece con la sombra del lunes. Los viernes no son técnicamente fin de semana, pero por su proximidad a éste gozan de la misma complacencia. No hace mucho oía a un conocido canonizar el viernes e incluirlo rápidamente en el santoral venerándolo como San Viernes. De los jueves nadie habla mal porque son víspera de los viernes y los viernes, ya se sabe, está o debe estar el pescado vendido. Los miércoles son buenos porque como van ubicados en la mitad de la semana marcan la cota más alta, y una vez superada, lo que queda es bajar. El valor agradable de los martes no es por méritos propios sino por contraste con su vecino lunes. Los martes caen bien porque no son lunes, sencillamente. Y no hay más, porque de los lunes ya he hablado y, además, no puedo hacer nada para salvarlos porque están criminalizados de por vida.
Y tras acabar este recorrido por las atribuciones valorativas que reciben popularmente los días de la semana, miro el reloj y compruebo que hace cinco minutos que ya es martes. Empecé esta verboculación en lunes y concluyo  en martes.


¡Maldito lunes que estuve trabajando hasta el final! Pero, ¡bendito martes en que ya empiezo a descansar!

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