
Parece
que las invenciones de algunas palabras que designan conceptos relacionados con
el tiempo se debieron a la observación sistemática del comportamiento de la
Naturaleza. Y oportunidades ha habido para mirar el cielo y sacar conclusiones
de algunos fenómenos naturales que han venido repitiéndose machaconamente desde
aquel hágase la luz. Así, el término día designa
el empeño del sol cada mañana de darse una vueltecita por la Tierra a ver qué
hay de nuevo. La palabra mes se refiere al periodo de tiempo
que dura el juego del escondite de nuestra querida luna. Ahora me veis
ahora no me veis. Por su parte, año, que es el término más
amplio del calendario, se refiere a los 365 días que andamos mudándonos de ropa
ante las veleidades de las Estaciones.
¿Y
en qué pondrían su atención nuestros antiguos para fijar el concepto de semana?
Pues sencillamente en los siete días que median entre dos fases lunares. Por
ejemplo entre la luna llena y la luna menguante, o entre esta y la creciente.
Resulta
curioso que algunas lenguas como el portugués nombran los días de las semana en
orden numérico: Segunda-feira, Terça-feira, Quarta-feira…
Otros idiomas europeos conservan los nombres de los astros móviles del
firmamento (Sol, Luna, Marte,
Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno)... Nuestra
lengua castellana mantuvo alguno de estos planetas celestes pero incorporó
elementos de la tradición judeocristiana. Para estas religiones el Génesis
relata la creación del mundo en seis días y el 7º era de obligado descanso. El
castellano, por tanto, se beneficia del descanso judío (Sabbat =
sábado) y del descanso cristiano (dies dominus = domingo). Así es
como surge un nuevo invento que es el fin de semana.
Lo
qué no está nada claro es quién fue el que inventó los lunes, porque los lunes
son el día que a la mayoría de los compatriotas más les cuesta ponerse los
zapatos y salir zumbando a patear las calles a ganarse el avío para el puchero.
Los lunes cuesta vivirlos porque les toca ir siempre detrás de los holgados
domingos y eso pone las cosas muy cuesta arriba.
Esta
antipatía popular hacia nuestro primer día de la semana es única y exclusiva;
los seis restantes gozan de mayor consideración y mejor predisposición a ser
vividos positivamente como ahora verán. De los sábados y los domingos ya sabemos
que se traducen como descanso y, por lo tanto, se encaraman los dos juntitos en
lo alto del pódium, aunque el domingo se agacha un poco porque desde media
tarde se oscurece con la sombra del lunes. Los viernes no son técnicamente fin
de semana, pero por su proximidad a éste gozan de la misma complacencia. No
hace mucho oía a un conocido canonizar el viernes e incluirlo rápidamente en el
santoral venerándolo como San Viernes. De los jueves nadie habla mal porque son
víspera de los viernes y los viernes, ya se sabe, está o debe estar el pescado
vendido. Los miércoles son buenos porque como van ubicados en la mitad de la
semana marcan la cota más alta, y una vez superada, lo que queda es bajar. El
valor agradable de los martes no es por méritos propios sino por contraste con
su vecino lunes. Los martes caen bien porque no son lunes, sencillamente. Y no
hay más, porque de los lunes ya he hablado y, además, no puedo hacer nada para
salvarlos porque están criminalizados de por vida.
Y
tras acabar este recorrido por las atribuciones valorativas que reciben
popularmente los días de la semana, miro el reloj y compruebo que hace cinco
minutos que ya es martes. Empecé esta verboculación en lunes y concluyo
en martes.
¡Maldito lunes que estuve trabajando hasta
el final! Pero, ¡bendito martes en que ya empiezo a descansar!
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