30 agosto 2012

Amor de fondo

En este momento de mi vida las tres cosas que hago fuera de mis imperativos cotidianos tienen como ingrediente principal el paso lento del tiempo. Me gusta hacer pan, me gusta correr y me gusta escribir.
Esta mañana mientras en la cama pasaba del sueño a la vigilia y salía de la dimensión horizontal  (la que cunduce las ideas por escenarios imposibles), y me disponía a incorporarme y entrar en la dimensión vertical  (la que fija mi yo a la lógica del espacio y del tiempo), justo en esos segundos a los que llamo estado elucidario (porque alumbra brevemente el oscuro tunel del inconsciente), justo en esos instantes, se me ha desencadenado una imparable secuencia de imágenes y palabras. Por un lado los fotogramas de un par de sueños, por otro,  los rostros de las personas que ayer conocí en The loaf in a box *, y por último, antes de abrir voluntariamente los ojos, tres palabras: amor de fondo.
Mientras iniciaba en un protocolo lento el movimiento y mis pies se deslizaban por las zonas más frías de las sábanas, me he saltado los estiramientos de los diferentes segmentos corporales, y en un aterrizaje raudo y eficaz en el tibio piso de madera, me he dispuesto a registrar en mi cuaderno esta revelación verbal: amor de fondo (que, ciertamente, sabe a título de libro, de película, de canción o de modesta columna como la que estás leyendo).
Cuando establezco conexiones entre estas tres prácticas que liberadoramente realizo y sintetizo, en pocas palabras, algo de la esencia de lo que me aportan, descubro:  primero la constancia del correr (porque correr es imprimir una cadencia constante al movimiento); segundo el respeto de los tiempos de la fermentación del pan (porque hacer pan es hacer y dejar hacer a cada cual su parte de trabajo); y tercero la creatividad de escribir (escribir es hacer emerger a la superficie el intenso mundo, sublime o vil, que bulle dentro en un acto creativo). Constancia, respeto y creatividad, tres conceptos abstractos, tres sustantivos que recogen también, no podía ser de otro modo, la sustancia del amor que practico.
Esta mañana lloviznosa de este casi-udazken (casiotoño) navarro declaro que quiero seguir usando mis manos, mis pies, mi mente y mi corazón para hacer pan, correr, escribir y, por su puesto, para amar despacio y llegar lejos, lo que sencillamente es el amor de fondo.

(*)The loaf in a box fue una experiencia entre el 1 de julio y el 30 de septiembre de 2012 que se desarrolló en San Sebastián consistente en hacer y vender pan artesano en la calle, además de ser lugar de encuentro de panaderos y amantes del pan.

23 agosto 2011

Un carril bici bestial

El otro día mientras transitaba en pleno centro de Málaga por un carril bici se me vino a la cabeza aquella frase que Plotino dejó dicha en algún lugar que ignoro y que dice así: “la Humanidad se haya a mitad de camino entre los dioses y las bestias”.
Y lo que indujo a esta conexión mental fue la contemplación del siguiente cuadro. Una joven hembra humana, de piel morena y pelaje castaño, que circulaba por delante de mí a escasos 25 metros, avistó a otro humano de unos 65 años plantado inmóvil en el recién estrenado carril rojo de la Alameda. Era un varón, de escaso pelaje, de escasa visión lejana (por sus lentes), y, probablemente, con escaso conocimiento de los novedades circulatorias respecto a los terrenos ganados para la bicicletas.
La joven humana, movida quizá por el riesgo que podía suponer para ambos la situación; o movida, tal vez, por el malestar ante la invasión de un espacio propio cuyo logro arrastra una larga historia de años de protestas, promesas y esperas, hizo sonar su sonoro timbre una, dos, y hasta tres veces sin encontrar respuesta alguna.
El macho adulto siguió parado, como ajeno a la escena. Miraba a la bicicleta pero parecía no verla. La joven humana tampoco aminoraba la velocidad ni parecía tener la intención de desviar su dirección. La colisión iba a ser inevitable. Cuando el sexagenario humano despertó sus sentidos, vio la proximidad del peligro, y comprendió que la batería de timbrazos que la enojada ciclista venía disparando, primero desde la distancia y más adelante a quemarropa, eran para él y sólo para él.  Lejos de admitir que pisaba una tierra sagrada y prohibida para los bípedos de su especie, elevó enloquecido al cielo su bastón (convertido ya en garrote) y su voz (convertida ahora en bramido) y escupió palabras insultantes en un perfecto castellano meridional.
La joven ciclista sorteó al engorilado hombre invadiendo la calzada con el correspondiente riesgo de ser atropellada por un vehículo motorizado. Enmudecida por la proliferación de los gritos ajenos y ensordecida por los timbrazos ahuyentadotes del miedo propios, huyó metiendo el plato grande en dirección al Paseo del Parque, sin hacer ni el más mínimo intento de volverla cara.
Los viandantes miraban aquel espectáculo gratuito con ojos de sorpresa. Alguno hacia aspavientos e increpaba al hombre desde la distancia, lejos del alcance del palo que aún blandía en alto.
Y un servidor, frenado a escasos metros del lugar de los hechos, esperaba que el encolerizado hombre moviera pieza para yo continuar mi trayecto. Y, mientras eso ocurría, recordaba a Plotinio y me preguntaba cuántos milímetros habrá evolucionado la Humanidad desde que escribiera aquella lapidaria reflexión; y cuántos puntos nos habrán descontado por el episodio del carril bici de aquella mañana veraniega.


09 mayo 2010

Ciudadanos 100% ejemplares

La estadística es la ciencia auxiliar más poderosa que existe: manipulable, contradictoria, engañosa, y sobre todo inexacta. No lo digo yo, lo dicen aquellos a los que no les convencen las acrobacias algebraicas que con un puñado de datos recogidos hace cualquiera que quiera introducir una verdad que aspire a ser universal. También he leído en otro lugar que la estadística es la ciencia más importante y bonita que existe. Firmado por un estadístico, por supuesto.
Lo que está claro es que las cuentas y los números, en general, han de ser simples y los resultados razonables para cualquiera. Y eso mismo se le debe exigir a esta hija de las matemáticas.  Sin embargo no siempre es así, aunque los que usan los tantos por cientos para la defensa de sus intereses la consideran como la herramienta más útil y aplicable en beneficio de la sociedad (y del suyo propio) .
Utilidad y aplicabilidad. Dos puntos fuertes que contrarrestan sus dos puntos críticos: la relatividad interpretativa de los datos estadísticos y la manipulación tendenciosa de los mismos. Por ello, he tratado de que útiles y aplicables sean las conclusiones de la siguiente investigación.
Según datos estadísticos, basados en un estudio que me acabo de inventar, uno de cada tres ciudadanos devuelve una cartera que se encontró en la calle tal y como la recogió. Es decir, sin adelgazar su volumen a costa de apropiarse de esos apreciados rectángulos de papel elaborados en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre.
En ese mismo estudio, se cita también que uno de cada tres ciudadanos cuida sus pertenencias en lugares concurridos. Es decir, que toma las medidas mínimas de seguridad que le protegen de ese porcentaje pequeño, aunque no por pequeño deja de ser porcentaje, de peritos en la apropiación de cosas de otros.
Por último, añade el estudio que uno de cada tres técnicos en la sustracción de bienes ajenos lo hace sin molestar a los propietarios de los mismos. Es decir, que hacen su trabajo procurando que nadie se lleve un berrinche extra, al menos mientras operan.
Pero apliquemos la ciencia estadística para lanzar al mundo un mensaje con modestas pretensiones. Me dirijo, especialmente, a quienes (como yo en en menos de un mes) han vivido episodios de hurtos o robos con intimidación, bien como agentes, bien como sufrientes pacientes, o como impotentes observadores.
Primer mensaje: ¡Por favor!, que los dos ciudadanos que no devuelven las carteras o que las limpian antes de entregarlas a la policía, sigan el ejemplo del que no hace como ellos y piensen en qué estado les gustaría les fuera devuelta la cartera extraviada, si esta fuera suya.
Segundo mensaje: ¡Por favor!, que los dos ciudadanos descuidados tomen nota de las medidas básicas de seguridad que emplea el que no actúa como ellos y miren por sus cosas y las mantengan a la vista, porque así se ahorrarán muchos malos ratos ocasionados por ese apego a las cosas terrenales que tenemos los humanos.
Tercer mensaje: ¡Por favor!, que los dos ciudadanos chorizos sigan los pasos del “chorizo suave” y trabajen en lo suyo pero poniéndose en el lugar de las víctimas. No haciendo uso de la violencia y tratándolas con educación y buenos modales.
Los tres ciudadanos aunque son modélicos, cada uno en lo suyo, no representan un argumento numérico para convencer a nadie, porque el universo de la muestra (9 personas), tampoco pesa mucho.
Sin embargo si aplico la verborrea estadística la cosa cambia. Hago un intento propio de un titular de prensa:  
Según un estudio de DATA2 un 33% de la población encuestada actúa en materia de hurtos y robos siguiendo principio cívicos éticos basados en el respeto a las personas y a las cosas. El mismo estudio concluye que estos hombres y mujeres se convierten en ciudadanos ejemplares para ese otro 66% que descuida los deberes propios de su condición ciudadana.

Ahora mejor, ¿verdad?, porque hasta yo me lo creo.

11 abril 2010

Nuestro pasado delictivo


Hace unos días tuve un encuentro inesperado con una persona que me hizo recordar una parte oscura de mi pasado. Cuando entraba en la veintena pertenecía a una banda dedicada al rapto de figuritas de belén domésticas. Fueron 5 años muy intensos hasta que la moda de los árboles de Navidad se impuso en la mayoría de los hogares.
El modus operandi respondía casi siempre a un mismo patrón criminal: entre las 9 y las 10 de noche cualquier día navideño solíamos simular una visita amistosa a la casa de un vecino, un amigo, o un  familiar con la coartada perfecta de felicitarles las Navidades. Hasta ahí no podíamos levantar sospechas porque éramos personas, por lo demás, totalmente integradas socialmente. Una vez que nos abrían la puerta, nos hacían pasar al salón, que era el lugar donde se ubicaba el belén. Yo me encargaba de hacer una visual exprés de la distribución  de las figuras y ya iba seleccionando a la víctima. Mientras, mis compinches cantaban un repertorio de villancicos perfectamente ensayados que despertaba en los propietarios sentimientos de paz, amor y fraternidad. Tal eran los efectos de la música celestial que les incitaba a sacar bandejas de dulces tradicionales y botellas de licores de colores, que, por supesto, aceptábamos gustosamente. Era este el momento de actuar. Cuando se retiraban a la cocina, procedíamos al secuestro. Un ángel, el buey, un pastor, el niño Jesús, San José… cualquiera podía ser el elegido, que era ocultado en el oscuro bolsillo de un triste abrigo. Allí permanecería incomunicado hasta que al día siguiente fuera liberado en cualquier descampado de musgo artificial y serrín, o cerca de una fogata de papel celofán rojo, o montado en el camello del rey Baltasar.
Pero este no era el único acto que cometíamos. Avanzada la velada, solíamos terminar borrachos de tantos polvorones, alfajores, mantecados, bolitas de coco, roscos de vino, cerezas de licor, bombones, hojaldrinas, turrones, mazapanes y ferreros rocher; y empachados de tanta ingesta de anís, pacharán, brandy, amaretto, fray angélico, licor de crema catalana, licor de manzana y licor de los monjes de San Amaro. Cuando la euforia se instalaba en el aire, poseídos de no sabemos qué fuerzas desconocidas nos acercábamos con disimulo al nacimiento y  provocábamos permutaciones hilarantes. Las más sonadas fueron el aterrizaje del ángel con la leyenda “gloria in excelsis deo” en pleno arroyo de aluminio albal donde se bañaba una familia de patos, y la okupación ilegal del castillo de Herodes por un maleducado  caganer.
Al abandonar la casa, nos despedíamos con diligencia sabiendo que no volveríamos hasta que el tiempo borrara nuestros estragos de sus memorias.
La señora Carmen Sierra fue una víctima de aquellos años sin conciencia moral navideña. Ella despertó el un 2 de enero y contempló incrédula el nacimiento de un pequeño gorrino en el humilde pesebre. Todos los animales que cupieron dentro de su artístico portal de belén lo observaban atentos. El niño Jesús no apareció hasta el 7 de enero, cuando recogiendo lo encontró en el fondo de un pozo, según parece secuestrado por unos malvados legionarios romanos. San José y María, desconcertados,  fueron introducidos minutos antes en la caja de las figuritas sin saber el paradero de su hijo.
Estoy seguro de que Carmen me perdonó porque cuando el otro día me vio después de casi 20 años, me recordó y me sonrió. Y aunque Carmen ya no puede montar Belenes, le amenacé con un guiño, porque podría volver a su casa por Navidad.

06 abril 2010

Putos lunes


 Parece que las invenciones de algunas palabras que designan conceptos relacionados con el tiempo se debieron a la observación sistemática del comportamiento de la Naturaleza. Y oportunidades ha habido para mirar el cielo y sacar conclusiones de algunos fenómenos naturales que han venido repitiéndose machaconamente desde aquel hágase la luz. Así, el término día designa el empeño del sol cada mañana de darse una vueltecita por la Tierra a ver qué hay de nuevo. La palabra mes se refiere al periodo de tiempo que dura el juego del escondite de nuestra querida luna. Ahora me veis ahora no me veis. Por su parte, año, que es el término más amplio del calendario, se refiere a los 365 días que andamos mudándonos de ropa ante las veleidades de las Estaciones.
¿Y en qué pondrían su atención nuestros antiguos para fijar el concepto de semana?  Pues sencillamente en los siete días que median entre dos fases lunares. Por ejemplo entre la luna llena y la luna menguante, o entre esta y la creciente.
Resulta curioso que algunas lenguas como el portugués nombran los días de las semana en orden numérico: Segunda-feiraTerça-feiraQuarta-feira… Otros idiomas europeos conservan los nombres de los astros móviles del firmamento (Sol, Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno)... Nuestra lengua castellana mantuvo alguno de estos planetas celestes pero incorporó elementos de la tradición judeocristiana. Para estas religiones el Génesis relata la creación del mundo en seis días y el 7º era de obligado descanso. El castellano, por tanto, se beneficia del descanso judío (Sabbat = sábado) y del descanso cristiano (dies dominus = domingo). Así es como surge un nuevo invento que es el fin de semana.
Lo qué no está nada claro es quién fue el que inventó los lunes, porque los lunes son el día que a la mayoría de los compatriotas más les cuesta ponerse los zapatos y salir zumbando a patear las calles a ganarse el avío para el puchero. Los lunes cuesta vivirlos porque les toca ir siempre detrás de los holgados domingos y eso pone las cosas muy cuesta arriba.
Esta antipatía popular hacia nuestro primer día de la semana es única y exclusiva; los seis restantes gozan de mayor consideración y mejor predisposición a ser vividos positivamente como ahora verán. De los sábados y los domingos ya sabemos que se traducen como descanso y, por lo tanto, se encaraman los dos juntitos en lo alto del pódium, aunque el domingo se agacha un poco porque desde media tarde se oscurece con la sombra del lunes. Los viernes no son técnicamente fin de semana, pero por su proximidad a éste gozan de la misma complacencia. No hace mucho oía a un conocido canonizar el viernes e incluirlo rápidamente en el santoral venerándolo como San Viernes. De los jueves nadie habla mal porque son víspera de los viernes y los viernes, ya se sabe, está o debe estar el pescado vendido. Los miércoles son buenos porque como van ubicados en la mitad de la semana marcan la cota más alta, y una vez superada, lo que queda es bajar. El valor agradable de los martes no es por méritos propios sino por contraste con su vecino lunes. Los martes caen bien porque no son lunes, sencillamente. Y no hay más, porque de los lunes ya he hablado y, además, no puedo hacer nada para salvarlos porque están criminalizados de por vida.
Y tras acabar este recorrido por las atribuciones valorativas que reciben popularmente los días de la semana, miro el reloj y compruebo que hace cinco minutos que ya es martes. Empecé esta verboculación en lunes y concluyo  en martes.


¡Maldito lunes que estuve trabajando hasta el final! Pero, ¡bendito martes en que ya empiezo a descansar!

05 abril 2010

Las cajas negras


Tengo un amigo que acaba de hacer un curso de visión aural, y es que, como diría el legendario torero Guerrita, “Hay gente pa tó”.
Pues bien, a la vuelta de las enseñanzas recibidas, compartió conmigo su experiencia. Entre las fascinantes cosas que me relató, me llamó la atención la repetición de un elemento en casi todos los ejercicios realizados. Para cada práctica un voluntario se situaba delante de una pared blanca como objeto de visualización; mi amigo, curiosamente, era capaz de apreciar nitidamente en cada visionado unos rectángulos muy densos y oscuros alrededor de la franja iluminada de la persona. Casi sin dejar que terminara este detalle de su descripción aural, hice broma de sus palabras y le interrumpí con que yo sabía la identidad de esos cuadrados tan oscuros. “Ya sé de qué se trata, sin duda son las cajas negras que tenemos las personas”. Mi amigo me miró entre molesto e incrédulo, y pasó por alto mi sugerencia interpretativa.
Lo cierto es que horas más tarde, cuando regresaba a mi casa en el coche, el aural pensamiento vino a visitarme y, además, a modo de mantra recurrente: “Cajas negras, cajas negras, cajas negras…”.  Sin embargo, esa noche no se establecieron conexiones concluyentes.
Es cierto que jugué con las dos palabras y recordé distintos tipos de cajas que mantengo en el archivo fotográfico de la memoria. Cuadradas, rectangulares, con tapa, con solapa, la mayoría marrones y de cartón; algunas de regalo eran de colores y una hasta con lunares; finalmente, visiualicé, las más famosas y dulces: las cajas rojas. Aunque la proyección monográfica de cubos era larga no se me vino al recuerdo ninguna caja negra. Y es que nunca he visto una caja negra. Lo único que sabía de ellas es lo que sabe todo el mundo: que son dispositivos que llevan los aviones y que registran los movimientos y las conversaciones que se producen en la cabina durante el vuelo. Y, también, que cuando se produce un accidente es el objeto más buscado porque permite recopilar datos para reconstruir y comprender los  hechos. Osea, las cajas negras son la memoria de la vida de cada vuelo, y por extensión la memoria de cada aeronave.
Cuando días más tarde volví a relacionar las visiones de mi amigo con este nuevo concepto de las cajas como alma de los aviones, supe que aquella observación, en un principio ligera, no lo era tanto. La metáfora de las cajas negras es cierta. En algún lugar de nosotros, invisible o visible para algunos como mi amigo, existe una caja negra, una memoria que guarda la huellas que en el vuelo de nuestra vida se van imprimiendo en el cuerpo, en el corazón y en el alma.  Las cajas negras no se ven, pero están ahí. Lo que yo no puedo afirmar es que sean negras. Porque las de los aviones tampoco lo son. Ahora que las he visto ya sé que las pintan de naranja para encontrarlas mejor.