Los
encargados de la sanidad llaman constantes vitales a un conjunto de datos relativos
al funcionamiento del organismo
(temperatura, respiración, pulso, tensión arterial…) que han de
mantenerse en uno determinados valores
para asegurar la normalidad del estado del paciente. Es paradójico que las
constantes no son tan constantes. No tenemos permanentemente la misma
temperatura, ni el mismo pulso cardiaco porque son tantos los factores que
alteran el orden necesario para vivir dentro los márgenes que lo que se
considera la salud. Sin
embargo, resulta curioso que el cuerpo ante las múltiples, continuas e
inagotables variantes externas que lo desestabilizan trate en todo momento de
buscar los límites de lo normal, de lo saludable, busque como un incansable
Sísifo el equilibrio.17 agosto 2013
Las inconstantes constantes
“Las
constantes son inconstantes” (José Antonio López Trigo)
Los
encargados de la sanidad llaman constantes vitales a un conjunto de datos relativos
al funcionamiento del organismo
(temperatura, respiración, pulso, tensión arterial…) que han de
mantenerse en uno determinados valores
para asegurar la normalidad del estado del paciente. Es paradójico que las
constantes no son tan constantes. No tenemos permanentemente la misma
temperatura, ni el mismo pulso cardiaco porque son tantos los factores que
alteran el orden necesario para vivir dentro los márgenes que lo que se
considera la salud. Sin
embargo, resulta curioso que el cuerpo ante las múltiples, continuas e
inagotables variantes externas que lo desestabilizan trate en todo momento de
buscar los límites de lo normal, de lo saludable, busque como un incansable
Sísifo el equilibrio.
Los
encargados de la sanidad llaman constantes vitales a un conjunto de datos relativos
al funcionamiento del organismo
(temperatura, respiración, pulso, tensión arterial…) que han de
mantenerse en uno determinados valores
para asegurar la normalidad del estado del paciente. Es paradójico que las
constantes no son tan constantes. No tenemos permanentemente la misma
temperatura, ni el mismo pulso cardiaco porque son tantos los factores que
alteran el orden necesario para vivir dentro los márgenes que lo que se
considera la salud. Sin
embargo, resulta curioso que el cuerpo ante las múltiples, continuas e
inagotables variantes externas que lo desestabilizan trate en todo momento de
buscar los límites de lo normal, de lo saludable, busque como un incansable
Sísifo el equilibrio.13 agosto 2013
El equilibrio es antinatural
“El equilibrio es lo más antinatural” (E.Chillida)
Hace
años escuché en una conferencia estas palabras atribuidas a este escultor
donostiarra. Me sorprendió la radicalidad de la frase. Y me refiero a radical
en su acepción primera, como relativo a la raíz. La naturaleza en su esencia,
en su raíz es vida, movimiento, puro desequilibrio. De ahí que el equilibrio
sea antinatural.11 agosto 2013
Por qué una etiqueta llamada EL EQUILIBRIO
Me sobrecogen los movimientos y los ajustes que cada ser realiza en el
universo para encontrar un punto de estabilidad al que llamamos equilibrio. Desde
las células microscópicas hasta las macroestructuras cósmicas realizan cambios
(o los fuerzan a su alrededor) para alcanzar un cierto orden al que llamamos
equilibrio que les permite sobrevivir, mantenerse o perpetuarse.10 agosto 2013
Las tres en punto
– Pase y espere de pie, Sr. Holton.
La puerta se abre. Entro. La puerta se cierra.
La habitación es rectangular. Las paredes blancas despiden tonos azules relajantes que agradezco en este trance. Hay un cristal negro a mi derecha. En el centro el gran trono y, sobre él, la corona. Un reloj fracciona el tiempo en partículas minúsculas audibles. Son las 14:55. El palo del segundero se mueve como una noria lenta y se acerca a la hora del desenlace.
– Siéntese y espere.
Me siento. Espero. El aire es incomprensiblemente fresco.
La puerta se abre. Entra un hombre. La puerta se cierra. Tiene gafas negras. No logro verle los ojos. Conecta los electrodos y, delicadamente, sujeta mis muñecas y mis tobillos con unas cintas de cuero. Aprieta despacio hasta que hago una mueca. Rocía sobre mi cabeza un líquido denso y transparente. El aire se ha impregnado todo de alcohol. Desciende la corona y la ajusta al perímetro de mi cráneo. Se retira. Me observa. Todo está bien.
La puerta se abre. Sale. La puerta se cierra. Son las 14:58.
Decae la iluminación. Los tonos son de atardecer. El tiempo se desvanece, la escasa luz convierte el espacio en un escenario irreal. Decido cerrar los ojos. Apenas tengo un minuto de vida. No sé rezar. Tengo miedo. De repente, millones de fotografías antiguas empiezan a girar a la velocidad de la luz. Estoy en un vórtice imparable. Inesperadamente, todo para. Desde el fondo del caos emerge mi hija sonriente cuando tenía 18 meses. Decido quedarme aquí frente a ella para siempre.
De golpe el aire se hace denso. Soy arrojado al presente. No sé cuánto tiempo ha pasado. Me siento confundido, como salido de un mal sueño. Parece que un elefante late en mi corazón. No quiero abrir los ojos. Empiezo a contar instintivamente. Necesito saber que es real esto que vivo. Sobrepaso el cien cuando se enciende una luz insultantemente blanca. Me duelen las muñecas y los hierros se me clavan en la cabeza. Abro como en un largo parto los ojos. El reloj se ha parado, sigue marcando las 14:58.
La puerta se abre. Entra el hombre con una banqueta. Se sube. Da cuerda al reloj. Lo ajusta con el de su muñeca. Ahora son la tres en punto.
El hombre sale. La puerta se cierra.
El aire es nuevamente tóxico como el de una mina.
02 agosto 2013
Otro San Fermín
Desde hace años que vengo sintiendo sentimientos opuestos
respecto a los encierros de San Fermín. Mi origen me ha predestinado a ser de
ese colectivo que medio dormido se planta delante de la televisión antes de las
8 en punto, desde el 7 al 14 de julio. Con un padre taurófilo desde hace más de
70 años y una madre que el día en que nací ya me puso el pañuelo rojo de la
sangre navarra, no tenía escapatoria.
Es curioso que desde la atalaya privilegiada de la proximidad
al medio siglo contemplo cómo brotan espontáneamente fotogramas sanferminescos
que me trasladan a años y escenarios diversos. Los desordenados
recuerdos de ese yo, siempre cambiante y a la vez paradójicamente
estable, me hacen sintetizar la experiencia en cinco palabras: tradición,
espectáculo, morbo, negocio y barbarie.
El primer vocablo que irrumpe en el horizonte de mi reflexión
es tradición. La tradición es la pervivencia de fragmentos de la cultura de
otros tiempos. Aunque la cultura es una criatura siempre recién nacida, sin
embargo, es de condición mestiza porque su padre, el impetuoso presente,
deposita cada día su fresca semilla en el vientre atávico de su madre, que es
el poderoso pasado. Cuando algunos frutos de la cultura pasada, como la
tradición de correr los toros, perviven hasta hoy es porque conforman parte de
la identidad de los pueblos y de su cosmovisión. El toro es el símbolo hispano
más internacional que existe. Cambiar o romper tradiciones tan arraigadas e
identitarias en estos tiempos de globalidad y de nuevos referentes
panculturales puede resultar muy difícil. Una actividad festiva de varios
siglos de historia ha de pesar mucho en la mesa de las decisiones.
El segundo término que asocio con los encierros de San Fermín
es espectáculo. Básicamente, en un espectáculo intervienen espectadores que
presencian las acciones de otros personajes que actúan para ellos. Un
espectáculo es total cuando incorpora un abanico de estímulos sensoriales y,
además, despierta emociones. San Fermín es color, sonido, aroma, sabor… y, por
encima de todo, pasión. Así las cosas, ¿quién podría prescindir de un
espectáculo tan total?
La tercera palabra que descubro, ahondando en lugares menos
confesables para mí, es morbo. Esa inclinación a gustar de lo oscuro, lo cruel,
lo bajo de las personas y de sus acciones. La morbosidad instalada en mí me
hace esperar un encierro en el que pasen cosas: que se alargue, que se rompa la
manada, que algún toro quede suelto, que haya peligro. Luego viene el sentido
común y pone orden entre tanto desparrame de bajos instintos y genera culpa por
albergar tales mociones. Los encierros, indudablemente, levantan toneladas de
morbo. Por las calles de Pamplona los establecimientos repiten en un bucle
eterno las imágenes del encierro de la mañana. Y yo no me canso de verlas y
hablo de ellas hasta la saciedad. Y es que el morbo tiene algo de adictivo que
hace necesitar cada vez dosis más altas, en este caso de riesgo, peligro, y
emoción.
Para formular la cuarta palabra ha sido necesario tener una
aproximación a conceptos como mercado, consumo, beneficios o marketing. Los
encierros de San Fermín son, también, un negocio, un grandísimo negocio. En
síntesis son un producto de primerísima calidad (espectáculo total), servido
(retransmitido) con la máxima profesionalidad y dirigido a millones de
potenciales consumidores ávidos de liberar adrenalina. Nadie sabe el alcance
mediático y las repercusiones económicas directas e indirectas, dentro y fuera
de la capital navarra que suponen estas fiestas y su producto estrella. ¿Quién
querría descatalogar por razones éticas un producto tan sólido y estable que
garantica seguridad y liquidez creciente?
La última palabra, y que además me incomoda, es barbarie. He
tardado en dar nombre a lo que quiero expresar porque no me ha sido fácil
encontrar una entrada que se ajuste en su totalidad. Los bárbaros fueron un
pueblo, al que no tuve el gusto de conocer y que, a ojos de los lugareños
peninsulares, debieron hacer tales barbaridades que estos acuñaron un adjetivo
con el que recordarlos. El tiempo presente, en el que estoy escribiendo este
artículo, supongo que es el momento de la historia de mayor desarrollo y
civilización. El pasado está plagado costumbres
desaparecidas calificadas como bárbaras y superadas gracias a la evolución de
las culturas y a la aparición de nuevas sociedades. Vivimos en un estado de
derecho altamente reglamentado por leyes que protegen la vida humana y aseguran
las condiciones que rodean su actividad: decretos, normas buscan la seguridad
física y moral de sus ciudadanos. Paradójicamente no hay ley alguna que pueda
garantizar la vida de ninguno de los dos mil o tres mil corredores que cada día
corren el encierro. El azar, la nobleza de los toros o el capote de San Fermín
salvan la vida de muchas personas que consciente o inconscientemente practican
un juego que para algunos es mortal. Si los encierros fueran parte de la
historia pasada y los viera sin la implicación emocional que ahora tienen para
mí los calificaría de tradición bárbara y trasnochada. Tiempos en los que la hombría se medía por las
arrobas de temeridad necesarios para enfrentarse a las fuerzas titánicas de 6
toros bravos.
Hoy 13 de julio ha sido un encierro dramático al formarse un
montón en el mismo callejón de la plaza. Como espectador he sentido la
vulnerabilidad, la angustia y la asfixia de quienes sepultados no podían salir
aplastados por otros corredores que reflejaban la sorpresa y el pánico de verse
atrapados entre los caídos y los toros que chocaban contra ellos. Hoy es de
esos días en los que creo que habría que poner a un lado de la balanza la
tradición, el espectáculo, el morbo, el negocio y la barbarie y, al otro, la
vida. Simplemente la vida aunque sea más anodina, más sosa, menos espectacular
y apasionante y menos lucrativa.
Hoy 7 de julio a las 6 en
punto de la mañana han salido de los corrales de Santo Domingo los 6 toros de
la ganadería de Mazpule (de Colmenar). Los astados han realizado la carrera por
las calles de Pamplona seguidos por los pastores que se han ido incorporando en
distintos tramos del recorrido de lo que dentro de cien años serán los más famosos
encierros del mundo, los encierros de San Fermín. (Recorte de prensa de un hipotético periódico anterior a 1888.
Año en que dejaron de prohibir la participación de mozo en el encierro).
Viva San Fermín. Gora San Fermín.
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