El modus operandi respondía casi siempre
a un mismo patrón criminal: entre las 9 y las 10 de noche cualquier día
navideño solíamos simular una visita amistosa a la casa de un vecino, un amigo,
o un familiar con la coartada perfecta
de felicitarles las Navidades. Hasta ahí no podíamos levantar sospechas porque
éramos personas, por lo demás, totalmente integradas socialmente. Una vez que
nos abrían la puerta, nos hacían pasar al salón, que era el lugar donde se
ubicaba el belén. Yo me encargaba de hacer una visual exprés de la distribución
de las figuras y ya iba seleccionando a
la víctima. Mientras, mis compinches cantaban un repertorio de villancicos perfectamente
ensayados que despertaba en los propietarios sentimientos de paz, amor y fraternidad.
Tal eran los efectos de la música celestial que les incitaba a sacar bandejas
de dulces tradicionales y botellas de licores de colores, que, por supesto,
aceptábamos gustosamente. Era este el momento de actuar. Cuando se retiraban a
la cocina, procedíamos al secuestro. Un ángel, el buey, un pastor, el niño
Jesús, San José… cualquiera podía ser el elegido, que era ocultado en el oscuro bolsillo
de un triste abrigo. Allí permanecería incomunicado hasta que al día siguiente
fuera liberado en cualquier descampado de musgo artificial y serrín, o cerca de
una fogata de papel celofán rojo, o montado en el camello del rey Baltasar.
Pero este no era el único acto que cometíamos.
Avanzada la velada, solíamos terminar borrachos de tantos polvorones,
alfajores, mantecados, bolitas de coco, roscos de vino, cerezas de licor, bombones,
hojaldrinas, turrones, mazapanes y ferreros rocher; y empachados de tanta
ingesta de anís, pacharán, brandy, amaretto, fray angélico, licor de crema
catalana, licor de manzana y licor de los monjes de San Amaro. Cuando la
euforia se instalaba en el aire, poseídos de no sabemos qué fuerzas
desconocidas nos acercábamos con disimulo al nacimiento y provocábamos permutaciones hilarantes. Las más
sonadas fueron el aterrizaje del ángel con la leyenda “gloria in excelsis deo”
en pleno arroyo de aluminio albal donde se bañaba una familia de patos, y la okupación
ilegal del castillo de Herodes por un maleducado caganer.
Al abandonar la casa, nos despedíamos con
diligencia sabiendo que no volveríamos hasta que el tiempo borrara nuestros estragos
de sus memorias.
La señora Carmen Sierra fue una víctima
de aquellos años sin conciencia moral navideña. Ella despertó el un 2 de enero
y contempló incrédula el nacimiento de un pequeño gorrino en el humilde
pesebre. Todos los animales que cupieron dentro de su artístico portal de belén
lo observaban atentos. El niño Jesús no apareció hasta el 7 de enero, cuando
recogiendo lo encontró en el fondo de un pozo, según parece secuestrado por unos
malvados legionarios romanos. San José y María, desconcertados, fueron introducidos minutos antes en la caja
de las figuritas sin saber el paradero de su hijo.
Estoy seguro de que Carmen me perdonó
porque cuando el otro día me vio después de casi 20 años, me recordó y me
sonrió. Y aunque Carmen ya no puede montar Belenes, le amenacé con un guiño, porque
podría volver a su casa por Navidad.


