11 abril 2010

Nuestro pasado delictivo


Hace unos días tuve un encuentro inesperado con una persona que me hizo recordar una parte oscura de mi pasado. Cuando entraba en la veintena pertenecía a una banda dedicada al rapto de figuritas de belén domésticas. Fueron 5 años muy intensos hasta que la moda de los árboles de Navidad se impuso en la mayoría de los hogares.
El modus operandi respondía casi siempre a un mismo patrón criminal: entre las 9 y las 10 de noche cualquier día navideño solíamos simular una visita amistosa a la casa de un vecino, un amigo, o un  familiar con la coartada perfecta de felicitarles las Navidades. Hasta ahí no podíamos levantar sospechas porque éramos personas, por lo demás, totalmente integradas socialmente. Una vez que nos abrían la puerta, nos hacían pasar al salón, que era el lugar donde se ubicaba el belén. Yo me encargaba de hacer una visual exprés de la distribución  de las figuras y ya iba seleccionando a la víctima. Mientras, mis compinches cantaban un repertorio de villancicos perfectamente ensayados que despertaba en los propietarios sentimientos de paz, amor y fraternidad. Tal eran los efectos de la música celestial que les incitaba a sacar bandejas de dulces tradicionales y botellas de licores de colores, que, por supesto, aceptábamos gustosamente. Era este el momento de actuar. Cuando se retiraban a la cocina, procedíamos al secuestro. Un ángel, el buey, un pastor, el niño Jesús, San José… cualquiera podía ser el elegido, que era ocultado en el oscuro bolsillo de un triste abrigo. Allí permanecería incomunicado hasta que al día siguiente fuera liberado en cualquier descampado de musgo artificial y serrín, o cerca de una fogata de papel celofán rojo, o montado en el camello del rey Baltasar.
Pero este no era el único acto que cometíamos. Avanzada la velada, solíamos terminar borrachos de tantos polvorones, alfajores, mantecados, bolitas de coco, roscos de vino, cerezas de licor, bombones, hojaldrinas, turrones, mazapanes y ferreros rocher; y empachados de tanta ingesta de anís, pacharán, brandy, amaretto, fray angélico, licor de crema catalana, licor de manzana y licor de los monjes de San Amaro. Cuando la euforia se instalaba en el aire, poseídos de no sabemos qué fuerzas desconocidas nos acercábamos con disimulo al nacimiento y  provocábamos permutaciones hilarantes. Las más sonadas fueron el aterrizaje del ángel con la leyenda “gloria in excelsis deo” en pleno arroyo de aluminio albal donde se bañaba una familia de patos, y la okupación ilegal del castillo de Herodes por un maleducado  caganer.
Al abandonar la casa, nos despedíamos con diligencia sabiendo que no volveríamos hasta que el tiempo borrara nuestros estragos de sus memorias.
La señora Carmen Sierra fue una víctima de aquellos años sin conciencia moral navideña. Ella despertó el un 2 de enero y contempló incrédula el nacimiento de un pequeño gorrino en el humilde pesebre. Todos los animales que cupieron dentro de su artístico portal de belén lo observaban atentos. El niño Jesús no apareció hasta el 7 de enero, cuando recogiendo lo encontró en el fondo de un pozo, según parece secuestrado por unos malvados legionarios romanos. San José y María, desconcertados,  fueron introducidos minutos antes en la caja de las figuritas sin saber el paradero de su hijo.
Estoy seguro de que Carmen me perdonó porque cuando el otro día me vio después de casi 20 años, me recordó y me sonrió. Y aunque Carmen ya no puede montar Belenes, le amenacé con un guiño, porque podría volver a su casa por Navidad.

06 abril 2010

Putos lunes


 Parece que las invenciones de algunas palabras que designan conceptos relacionados con el tiempo se debieron a la observación sistemática del comportamiento de la Naturaleza. Y oportunidades ha habido para mirar el cielo y sacar conclusiones de algunos fenómenos naturales que han venido repitiéndose machaconamente desde aquel hágase la luz. Así, el término día designa el empeño del sol cada mañana de darse una vueltecita por la Tierra a ver qué hay de nuevo. La palabra mes se refiere al periodo de tiempo que dura el juego del escondite de nuestra querida luna. Ahora me veis ahora no me veis. Por su parte, año, que es el término más amplio del calendario, se refiere a los 365 días que andamos mudándonos de ropa ante las veleidades de las Estaciones.
¿Y en qué pondrían su atención nuestros antiguos para fijar el concepto de semana?  Pues sencillamente en los siete días que median entre dos fases lunares. Por ejemplo entre la luna llena y la luna menguante, o entre esta y la creciente.
Resulta curioso que algunas lenguas como el portugués nombran los días de las semana en orden numérico: Segunda-feiraTerça-feiraQuarta-feira… Otros idiomas europeos conservan los nombres de los astros móviles del firmamento (Sol, Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus y Saturno)... Nuestra lengua castellana mantuvo alguno de estos planetas celestes pero incorporó elementos de la tradición judeocristiana. Para estas religiones el Génesis relata la creación del mundo en seis días y el 7º era de obligado descanso. El castellano, por tanto, se beneficia del descanso judío (Sabbat = sábado) y del descanso cristiano (dies dominus = domingo). Así es como surge un nuevo invento que es el fin de semana.
Lo qué no está nada claro es quién fue el que inventó los lunes, porque los lunes son el día que a la mayoría de los compatriotas más les cuesta ponerse los zapatos y salir zumbando a patear las calles a ganarse el avío para el puchero. Los lunes cuesta vivirlos porque les toca ir siempre detrás de los holgados domingos y eso pone las cosas muy cuesta arriba.
Esta antipatía popular hacia nuestro primer día de la semana es única y exclusiva; los seis restantes gozan de mayor consideración y mejor predisposición a ser vividos positivamente como ahora verán. De los sábados y los domingos ya sabemos que se traducen como descanso y, por lo tanto, se encaraman los dos juntitos en lo alto del pódium, aunque el domingo se agacha un poco porque desde media tarde se oscurece con la sombra del lunes. Los viernes no son técnicamente fin de semana, pero por su proximidad a éste gozan de la misma complacencia. No hace mucho oía a un conocido canonizar el viernes e incluirlo rápidamente en el santoral venerándolo como San Viernes. De los jueves nadie habla mal porque son víspera de los viernes y los viernes, ya se sabe, está o debe estar el pescado vendido. Los miércoles son buenos porque como van ubicados en la mitad de la semana marcan la cota más alta, y una vez superada, lo que queda es bajar. El valor agradable de los martes no es por méritos propios sino por contraste con su vecino lunes. Los martes caen bien porque no son lunes, sencillamente. Y no hay más, porque de los lunes ya he hablado y, además, no puedo hacer nada para salvarlos porque están criminalizados de por vida.
Y tras acabar este recorrido por las atribuciones valorativas que reciben popularmente los días de la semana, miro el reloj y compruebo que hace cinco minutos que ya es martes. Empecé esta verboculación en lunes y concluyo  en martes.


¡Maldito lunes que estuve trabajando hasta el final! Pero, ¡bendito martes en que ya empiezo a descansar!

05 abril 2010

Las cajas negras


Tengo un amigo que acaba de hacer un curso de visión aural, y es que, como diría el legendario torero Guerrita, “Hay gente pa tó”.
Pues bien, a la vuelta de las enseñanzas recibidas, compartió conmigo su experiencia. Entre las fascinantes cosas que me relató, me llamó la atención la repetición de un elemento en casi todos los ejercicios realizados. Para cada práctica un voluntario se situaba delante de una pared blanca como objeto de visualización; mi amigo, curiosamente, era capaz de apreciar nitidamente en cada visionado unos rectángulos muy densos y oscuros alrededor de la franja iluminada de la persona. Casi sin dejar que terminara este detalle de su descripción aural, hice broma de sus palabras y le interrumpí con que yo sabía la identidad de esos cuadrados tan oscuros. “Ya sé de qué se trata, sin duda son las cajas negras que tenemos las personas”. Mi amigo me miró entre molesto e incrédulo, y pasó por alto mi sugerencia interpretativa.
Lo cierto es que horas más tarde, cuando regresaba a mi casa en el coche, el aural pensamiento vino a visitarme y, además, a modo de mantra recurrente: “Cajas negras, cajas negras, cajas negras…”.  Sin embargo, esa noche no se establecieron conexiones concluyentes.
Es cierto que jugué con las dos palabras y recordé distintos tipos de cajas que mantengo en el archivo fotográfico de la memoria. Cuadradas, rectangulares, con tapa, con solapa, la mayoría marrones y de cartón; algunas de regalo eran de colores y una hasta con lunares; finalmente, visiualicé, las más famosas y dulces: las cajas rojas. Aunque la proyección monográfica de cubos era larga no se me vino al recuerdo ninguna caja negra. Y es que nunca he visto una caja negra. Lo único que sabía de ellas es lo que sabe todo el mundo: que son dispositivos que llevan los aviones y que registran los movimientos y las conversaciones que se producen en la cabina durante el vuelo. Y, también, que cuando se produce un accidente es el objeto más buscado porque permite recopilar datos para reconstruir y comprender los  hechos. Osea, las cajas negras son la memoria de la vida de cada vuelo, y por extensión la memoria de cada aeronave.
Cuando días más tarde volví a relacionar las visiones de mi amigo con este nuevo concepto de las cajas como alma de los aviones, supe que aquella observación, en un principio ligera, no lo era tanto. La metáfora de las cajas negras es cierta. En algún lugar de nosotros, invisible o visible para algunos como mi amigo, existe una caja negra, una memoria que guarda la huellas que en el vuelo de nuestra vida se van imprimiendo en el cuerpo, en el corazón y en el alma.  Las cajas negras no se ven, pero están ahí. Lo que yo no puedo afirmar es que sean negras. Porque las de los aviones tampoco lo son. Ahora que las he visto ya sé que las pintan de naranja para encontrarlas mejor.