– Buenos
días, con permiso.
– Buenos
días. Siéntese señor Velasco. Ramón Velasco, ¿verdad?
– Sí,
señor.
– Usted
me dirá.
– Llevo
varios meses con picores y escamas en esta zona.
– A
ver.
– Y por
aquí también.
– Ajá.
Ya veo. No se preocupe. Se trata de una dermatitis seborreica atópica constitucional.
– Me
está usted diciendo que arrastro esta enfermedad desde 1978, que fue el año de la
aprobación de nuestra gloriosa Constitución.
– Sí
señor, como lo oye.
– Pues,
me está usted quitando un buen peso de encima, porque muchas personas me han
alarmado diciéndome que esto tenía toda la pinta de ser una dermatitis
preconstitucional, y ya sabe, para mí todo lo huela a antes de la
Constitución, ¡lagarto, lagarto!
– Se lo
repito no tiene por qué preocuparse, le confirmo mi diagnóstico clínico inicial:
sin duda es una dermatitis democrática.
– Veo que
sus palabras destilan diminutas gotas de alegría contenida, es que usted también es de…
– Sí, sí, sí que lo soy. Aunque mi condición de servidor público no me permite declarar mis más
profundas convicciones a pacientes desconocidos e indefensos como usted. Hoy
estoy haciendo una excepción.
– Le
doy sinceramente las gracias, doctor. ¿Doctor…?
– Doctor
Domínguez, Indalecio Domínguez.
– Un
abrazo, doctor Domínguez.
– Cómo
no (se abrazan).
– (Desde la puerta) Adiós, Indalecio.
– Adiós,
Ramón. ¡Viva la dermatitis constitucional!
– ¡Viva!
Buena mañana y buen servicio.
– Igualmente, buenos días, tenga usted.

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